Es mejor callar durante la tormenta y hablar cuando haya calma
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Puesto que en los momentos de ira no somos conscientes de lo que decimos, es mejor esperar a que pase la tormenta para poder exponer nuestro punto de vista de manera sosegada.

Cuando llega la tormenta todos los elementos de la naturaleza chocan entre sí para mostrarnos su lado más agresivo, el más caótico y, en ocasiones, hasta peligroso.

Lo mismo sucede con las relaciones humanas, también nosotros chocamos y nos derrumbamos emocionalmente en nuestras discusiones, nuestros desencuentros, nuestras diferencias.

Cuando llega esa tormenta en que todo parece juntarse, el agotamiento, la rabia, el malentendido y un desencadenante casual, muchos perdemos nuestra paciencia hasta el punto de decir cosas que más tarde lamentamos.

No siempre es fácil mantener la cabeza fría y el corazón templado pero, en ocasiones, un instante de tormenta trae consigo diez años de arrepentimiento. Aprendamos a mantener la calma.

Cuando llega la tormenta a nuestro corazón

Es común decir aquello de que “nos han roto el corazón”, o que “nuestro corazón estaba lleno de ira”. No obstante, quien de verdad siente el dolor y la afrenta es el cerebro, y es él quien desencadena la auténtica tormenta.

Veámoslo con detalle.

Las discusiones y los cambios fisiológicos

Cuando no hay más remedio, cuando la casualidad, el desencadenante y la mala suerte hace que nos veamos en medio de una discusión, lo primero que siente nuestro cerebro es una “amenaza”.

  • Se está atacando nuestro sistema de creencias, nuestro equilibrio o nuestra verdad.
  • Nos sentimos ofendidos porque alguien a quien respetamos, está poniendo en duda algo que para nosotros es importante.
  • Nos sentimos amenazados ante unas palabras, unas ideas y un rostro que en ocasiones, nos mira con amenaza o incluso con desprecio.

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El cerebro identifica estas situaciones como peligrosas y, por tanto, desencadena una reacción instintiva que regula el sistema parasimpático. Nos prepara para defendernos y también para escapar:

  • Se acelera el ritmo cardíaco.
  • Se envían impulsos nerviosos a los músculos para preparar el movimiento, aunque lo que ocasiona primero es temblor, ese mismo que sentimos en nuestras manos, estómago o piernas.
  • Experimentamos agitación general, sequedad de boca y ese nerviosismo casi atenazante que nos impide pensar con claridad.

Durante la “tormenta” el cerebro no puede pensar

Durante las discusiones, durante esos instantes de alta carga emocional que suelen ser los desencuentros o los malentendidos, el cerebro solo piensa en defenderse y en activar nuestro cuerpo para una posible reacción escapatoria.

Por lo tanto, es incapaz de pensar con calma y de hablar con acierto.

  • No obstante, lo que sí puede ocurrir en medio de las discusiones es que nuestros mecanismos de defensa caigan y ya no exista “ese filtro” que nos impide decir ciertas cosas.
  • A veces, durante esa tormenta emocional liberamos todas y cada una de las sensaciones y pensamientos que tenemos en mente.

Somos completamente sinceros, pero cuidado, porque liberamos lo que sentimos en ese instante puntual y cargado de negatividad, por lo tanto, es común usar palabras llenas de rabia que más tarde lamentamos.

Así pues, cabe decir que, aunque es posible que en un primer momento nos quedemos aliviados por haber dicho lo que sentíamos, con el tiempo nos damos cuenta de que no ha sido lo adecuado.

Callar en la tormenta y hablar en la calma

Es una estrategia complicada de poner en práctica, pero guardar silencio durante la tormenta para reservar energías para momentos de más claridad mentalsiempre será lo más adecuado.

Para ello, podemos hacer uso de las siguientes estrategias.

El muro defensivo

Cuando surja el desencuentro, cuando casi sin poder controlarlo te veas en la incómoda situación de las discusiones y las diferencias, visualiza en tu mente un muro defensivo.

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  • Tras ese muro estás tú en un palacio de calma, pero es un palacio que tiene ventanas y desde donde vas a poder ver y, por supuesto, escuchar.
  • Estar en este espacio relajado y protector debe permitirte escuchar cada palabra de la persona que tienes enfrente para más tarde, poder analizar su punto de vista con sosiego y profundidad.
  • Mientras la otra persona “se inflama” defendiendo su punto de vista, nosotros podemos posicionarnos en la indiferencia, la calma y en esa actitud donde uno es receptivo, pero no desea dar importancia al grito o a las emociones negativas.

La asertividad

Cuando la discusión termina y pasan unas horas o unos días, elegiremos un buen momento para hablar con la persona en cuestión. Hay que dejar claro que no deseamos nuevos desencuentros, ni instantes de tensión.

  • Lo creas o no, hablar con serenidad pero con firme decisión provoca que la otra persona guarde silencio y nos atienda.
  • Solo entonces deberemos argumentar con equilibrio y asertividad nuestra posición, demostrando en todo momento que entendemos el otro punto de vista, pero que no lo compartimos.
  • No dudes en hacer uso de los pronombres personales: “yo siento”, “yo quiero”, “yo te entiendo a ti”.
  • Si percibes que la otra persona vuelve a insistir en el grito, en ver solo la diferencia sin entender tu punto de vista hasta el extremo de que la discusión no tiene sentido ni argumentos, entonces no vale la pena.

Es mejor poner distancia.

Porque hay discusiones que, efectivamente, no valen los desencuentros ni los malos instantes cuando no hay voluntad de entendimiento.

 

 

Vía: Mejor con Salud

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