Seis razones reales por las que las mujeres son infieles
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Pocas traiciones están peor vistas que el adulterio, que el engaño a nuestra pareja. Sin embargo, a pesar de su pronunciado sesgo negativo, la infidelidad es tremendamente común en nuestra sociedad. A pesar de lo complicado que resulta medir un porcentaje real de parejas infieles (puesto que este es un acto perteneciente al ámbito más íntimo de una persona y no muchas están dispuestas a hablar sobre ello) una encuesta del CIS, de 2008, indicaba que cerca del 20 % de los españoles ha tenido, al menos, una relación extramatrimonial.

Un tópico muy extendido sobre el adulterio es que es cosa de hombres, opinión a todas luces falsa. Es cierto que durante mucho tiempo se ha mirado con mejores ojos la infidelidad masculina y que estaba más extendida que la femenina, pero la diferencia se ha ido mitigando en estos últimos tiempos. Según el National Opinion Research Center’s General Social Survey, la infidelidad femenina ha crecido en EEUU un 40% en estos 20 últimos años, acercándose cada vez más a las cifras de adulterio en los varones.

Es evidente, por tanto, que a pesar de determinados estigmas sociales, la infidelidad no solo no es un comportamiento condenado a la desaparición, sino que en el caso de las mujeres se encuentra en pleno auge. Resulta interesante la pregunta de por qué una mujer llega a ser infiel, para así poder profundizar en algunas claves del comportamiento del sexo femenino respecto a sus relaciones y sentimientos.

Solo sexo… ¿O algo más?
Una de las teorías más extendidas parte de una explicación evolucionista, defendida por el teórico Gary Brase. Esta corriente entiende que la mujer es un ser que busca una compañía a largo plazo para sustentar a la familia, mientras que el hombre tiene como objetivo la procreación. Esta idea quizá pueda explicar el comportamiento de Isabelle, que cuenta en Yahoo Health cómo se replanteó la relación con su pareja al conocer por Facebook a un hombre con el que compartía una misma pasión: la fotografía. “Tenía miedo porque mi marido y yo no teníamos muchas cosas en común”, indica Isabelle. Al fin y al cabo, todos queremos tener un proyecto a largo plazo junto a una persona con la que compartamos determinadas características o valores y esto es lo que le hizo cambiar de aires a Isabelle: “Me plantee si mi marido era la persona con la que quería envejecer”.

Este no es, ni mucho menos, el único motivo. Otros autores, como la prestigiosa investigadora Helen Fisher, defienden que en el amor existen tres fases: la sexual, la de amor romántico y el apego. Es ahí donde residiría la calve del adulterio, ya que podemos encontrarnos en una etapa con nuestra pareja y en otra diferente con nuestro amante. Esto explicaría cómo algunas mujeres sienten un enorme cariño por su pareja y no quieren terminar su relación, pero encuentran determinadas carencias que necesitan saciar de alguna manera: “Sentía que mi pareja no me prestaba la atención suficiente”, indica Claire, que ante esta situación acabó por acostarse con un compañero de trabajo que mostraba interés por ella. Al ver saciada su necesidad, nunca llegó a más porque reflexionó y se dio cuenta de que, en su caso, el amor es un largo proceso más allá de un encuentro físico, algo que le sirvió para reflotar su relación.

Falta de amor o despecho
Pero un comienzo similar puede tener finales muy dispares. En ocasiones, lo que pudo empezar como solo una aventura con el único fin de alegrar la vida sexual, termina por ser clave para darse cuenta de que el amor se ha terminado y ya no hay marcha atrás. El psicólogo Douglas LaBier indica que una infidelidad puede terminar rompiendo una pareja porque aparece alguien con quien existe un estrecho vínculo mente-cuerpo. Algo así le ocurrió a Lauren, que al volver a encontrarse con un viejo amigo de la infancia abrió los ojos: “nunca volvería a estar enamorada de mi pareja”.

Si vemos que el amor, o la ausencia de este, es una poderosa arma de cambio, tampoco debemos subestimar a los sentimientos negativos como el odio, el enfado o el rencor. Una razón muy extendida es el revanchismo o la venganza. Incluso puede ser consecuencia de una infidelidad previa. Este es el caso de Natalie, que cuando se enteró de que su novio se había besado con otra mujer, ella decidió que haría lo mismo solo por obtener el placer de ver cómo éste se enfadaba y sentía celos. Otro motivo diferente es el de Kate, que en su primera relación sufrió una traición de su pareja que le provocó un gran trauma del que todavía no se ha recuperado. Desde entonces decidió ser ella la que metería primero la pata con sus nuevos novios y a todos les ha terminado engañando antes o después. “Me da miedo ser herida de nuevo, sé que no es bueno y he comenzado una terapia para evitarlo”.

Lo que queda claro tras estos testimonios es que la realidad siempre supera la ficción. Existen infinitos motivos por los que una persona decide vivir una aventura paralela a su relación oficial, y también son incontables las posibles consecuencias que pueda traer dicha infidelidad. Pueden aparecer, y seguirán apareciendo, nuevos estudios que traten de buscar una respuesta que permita explicar por qué engañamos, pero la realidad nos muestra que de momento parece complicado encontrar una única interpretación por mucho que tratemos de categorizar racionalmente todos y cada uno de nuestros comportamientos.

Cortesía de msn.com

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