Por qué unas personas ligan y otras no: “Solo el 1% liga con una persona”
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¿Quién no se ha preguntado en un momento u otro por qué el sexo es tan injusto y los malos siempre arrasan? Una filósofa se adentra en la tensión entre injusticia y libertad con la que convivimos

Recuerde, por unos instantes, su adolescencia. En concreto, esa acuciante sensación de injusticia que nos embargaba cuando veíamos que los más populares se llevaban a las chicas de calle –o viceversa–, mientras que el resto tenía que sudar sangre para conseguir llamar mínimamente la atención (y si no se siente identificado con la frase, enhorabuena, pertenece al 1%). Una sensación de injusticia agravada por el hecho de que los ligones solían ser los más chungos de cada clase. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, empezamos a aceptar que las reglas del amor son como son y que muchos no reciben lo que se merecen, pero sí lo que necesitan, como cantaban los Rolling Stones.

La filósofa Patricia Marino ha vuelto a reabrir tan delicado debate en una reveladora columna publicada en su página web llamada “La libertad sexual y sus contrapartidas”. En ella, la autora recuerda que el malestar que existe acerca del sexo en las libertades modernas, que lleva en muchos casos a la frustración personal o al insulto de aquellos que disfrutan de una mayor promiscuidad, proviene de “un conflicto de valores profundo y no reconocido”. Un proceso mental que se parece sospechosamente al del joven que alza los ojos al cielo y se pregunta “¿por qué los demás sí y yo no?”

Las chicas atractivas, los hombres con estatus y la gente guay van a conseguir un montón de sexo, mientras que un dependiente no tendrá nada

Este conflicto es generado por la tensión entre igualdad y justicia. Si tan interesante resulta la tesis de Marino, autora de ‘Moral Reasoning in a Pluralistic World’ (McGill-Queen’s University Press) y profesora de la Universidad de Waterloo, es porque esta confrontación existe no únicamente en lo que se refiere a nuestra vida sexual, sino en cualquier ámbito de nuestras vidas en el que nuestra libertad individual influye en el bienestar ajeno, como puede ser la amistad, el trabajo o la familia… Además de en la constante tensión de las políticas públicas que intentan promover la igualdad entre todos los miembros de una sociedad sin que ello perjudique su libertad.

Igualdad, libertad, sexualidad

Marino recuerda que nuestra sociedad se preocupa por ambos valores, la igualdad y la libertad, que junto a la fraternidad, componen el lema francés. Sin embargo, la libertad sexual deriva, a la fuerza, en una menor justicia: no hace falta ser un lince para comprobar cómo aquellos que se comportan de manera más moral no son precisamente los que obtienen una mayor recompensa sexual. Más bien al contrario, la manipulación o el narcisismo son rasgos que suelen caracterizar a los triunfadores sexuales.

“Las chicas jóvenes y atractivas, los hombres con cierto estatus y la gente misteriosamente van a conseguir un montón de sexo, mientras que un dependiente del Seven Eleven con pocas habilidades sociales no obtendrá nada”, recuerda Marino. “Va a haber ganadores y perdedores sexuales. Puede que haya, efectivamente, un 1% y un 99% sexual”. Una división importada de las reivindicaciones de Occupy Wall Street en referencia al reparto de la riqueza y que se acentúa a medida que el universo se globaliza y nuevas herramientas como Tinder permiten conectar a gente de rincones muy diversos. Mientras que algunos argumentarán que este sistema favorece que personas que de otra manera no podrían llegar a conocerse lo hagan, es probable que el efecto sea el totalmente opuesto, y que no sea más que una manera de provocar que el 1% consiga más parejas que el restante 99%, de igual manera que la globalización ha contribuido a agrandar la brecha entre pobres y ricos.

Es la misma clase de concentración monopolista que conocen grandes empresas como Google, Facebook o Amazon, sólo que trasladada a nuestras relaciones personales. Sin embargo, en el caso de estas, somos más conscientes de la injusticia, puesto que consideramos que las buenas personas merecen más que el resto. “Una idea que parece especialmente indignante es que la gente buena, amable y sexualmente generosa resulta ser los que no consiguen nada de sexo mientras que los egoístas son a los que mejor les va”, recuerda la autora. “Si el sexo con las personas que te gustan es una de las mejores cosas de la vida, apesta un poco que haya gente que no pueda hacerlo nunca”. Pero, ¿hay alguna solución? ¿Debería haberla?

¿Qué pasa con la libertad?

Esta situación en apariencia injusta es, sin embargo, la consecuencia de nuestro “inalienable derecho a decidir cuándo y con quién queremos acostarnos”. Es absurdo plantear que deberíamos cambiar nuestras costumbres sexuales para que las buenas personas, aunque algo contrahechas o poco hábiles socialmente, tengan sexo en la misma cantidad que los cabrones. ¿Quién estaría dispuesto a dar el primer paso? Nadie debe justificar por qué se acuesta con uno o con otro, de igual manera que no tenemos por qué explicar que alguien es nuestro amigo. Por eso, la visión buenista señala que siempre hay un roto para un descosido y que, tarde o temprano, todas las personas terminan encontrando a quien merecen, aunque todos sepamos en nuestro fuero interno que eso no es así cuando se trata de salir a ligar a un bar.

Mientras que en las relaciones monógamas todos suelen encontrar lo que buscan, en las casuales la injusticia percibida es mucho mayor

La autora recuerda que eso suele ser cierto en las relaciones monógamas a largo plazo, tanto homosexuales como heterosexuales. En ellas, “no hay esa sensación de ganadores y perdedores”. Se provoca un efecto de emparejamiento entre iguales por el cual los más atractivos terminan juntándose con otros con su mismo nivel de belleza y así sucesivamente hasta que, más o menos, todo el mundo acaba con alguien deseado. En dicha ocasión, a diferencia de las relaciones meramente sexuales, entran en juego otras características personales que provocan que las personas generosas sean a largo plazo más deseables.

“Estoy segura de que has oído a los hombres heterosexuales quejarse amargamente por no tener relaciones, y por que las mujeres prefieran acostarse con gilipollas”, señala la autora. Pero al mismo tiempo, recuerda que la argumentación que señala esa injusticia es poco menos que sospechosa: a menudo se presentan aseveraciones como “la gente no debería ser tan superficial” o “la gente debería querer acostarse con buenas personas” como “verdades morales” y, sin embargo, no lo son. Más bien, explica la filósofa, se trata del precio que hay que pagar por disfrutar de nuestra libertad sexual. Algo que podemos extender a la manera que entendemos nuestra sociedad hoy en día, en la que, no cabe ninguna duda, por ahora la libertad le gana la partida a la igualdad.

Cortesía de elconfidencial.com

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