La verdadera razón por la que la mayor parte de la gente comete una infidelidad
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La infidelidad suele ser vista como la consecuencia última de un matrimonio infeliz: hemos dejado de amar a nuestra pareja y comenzamos a amar a otras personas. Tener una aventura es, pues, el paso previo a divorciarse, la gota que colma el vaso.

Pero las cosas no son siempre tan sencillas como parece. Para empezar, este argumento no sirve para explicar por qué hay tantas personas que cometen una infidelidad aunque su matrimonio sea feliz. Según una encuesta elaborada por la reputada antropóloga Helen Fisher y que publicó en su libro Why him? Why her? (Holt), el 56% de los hombres y el 34% de las mujeres que engañan a sus parejas están muy felices con su matrimonio. La mayoría de las personas que cometen una aventura no tienen ninguna intención de abandonar a sus esposos. ¿Por qué les engañan?

“No es que sus matrimonios sean malos, no es que sus parejas sean malas, no es que ellas sean malas”, asegura la doctora Frances Cohen Praver, en un artículo en Psychology Today, escrito en clave femenina. “Es que necesitan más emoción”.

Reavivando la pasión (con otra persona)

En toda relación a largo plazo el romanticismo acaba desapareciendo, y la ausencia de este es uno de los principales detonantes de la infidelidad. Muchas personas se sienten decepcionadas al ver cómo la pasión desaparece pasado un tiempo en la relación, e incluso más cuando se dan cuenta de que es algo inevitable en la vida en pareja y que no depende de con quién se esté, sino de cuánto tiempo hayan pasado juntos.

Las aventuras esporádicas pueden servir como una escapatoria psicológica positiva, pero es habitual que acabemos enganchándonos a estas y destrocen nuestro matrimonio

Aunque nuestro matrimonio sea esencialmente feliz, la manera más sencilla de recuperar la pasión perdida es buscarla fuera de éste. Y esta es la principal razón por la que muchas personas cometen una infidelidad.

“Una buena forma de recuperar la emoción es asumir riesgos”, explica Cohen. “De hecho, tener una aventura es la consumación del riesgo. La asunción de riesgos no sólo conlleva un subidón psicológico, además nuestro cuerpo responde al estrés y al placer produciendo más cortisol –la hormona del estrés– y más dopamina –la hormona del placer– que inducen la acometida psicológica de la excitación, la pasión y la amenaza. Al igual que le ocurre a un adicto a la droga, estas sensaciones que provoca el aumento de la dopamina pueden ser adictivas”.

Y esto, claro está, es un problema. Las aventuras esporádicas pueden servir como una escapatoria psicológica positiva, pero es habitual que acabemos enganchándonos a estas y destrocen nuestro matrimonio, cuando en realidad este era, a grandes rasgos, satisfactorio.

Rescatando nuestro matrimonio  

Este tipo de infidelidades, que se cometen en el seno de un matrimonio feliz, no son más que una forma de volver a conocer la pasión sin la necesidad de forzar la relación en la que se es feliz. Pero si ésta empieza a peligrar, quizás lo más inteligente es trabajar por recuperar la chispa dentro de nuestro matrimonio.

Según Cohen, que ha atendido a numerosas parejas en esta situación, para recuperar la emoción se puede trabajar en dos vías: por un lado en el seno del propio matrimonio, trabajando para mejorar la comunicación, la empatía y, claro está, la vida sexual; pero también fuera de este, recuperando actividades que devuelvan la emoción a nuestra vida, sin necesidad de tener una aventura. La psicóloga pone como ejemplo la historia de una de sus clientas, que logró recuperar la pasión retomando las clases de danza que tuvo que dejar tras ser madre.

En nuestras manos está salvar nuestro matrimonio si creemos que este merece la pena. Lo que está claro es que una infidelidad no siempre significa que nuestra relación haya fracasado.

Cortesía de elconfidencial.com

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