Así es la adicción sexual femenina: “Necesito diez veces al día mínimo”
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Es una más de esas historias que suelen aparecer en los medios británicos más sensacionalistas. Sami Walton, de 29 años, explica cómo su adicción al sexo le ha llevado a perder a sus amigos, su trabajo o algunas de sus mejores relaciones, al igual que le habría podido ocurrir a un alcohólico o un drogadicto. Como explicaba a ‘Sunday People‘, el problema comenzó cuando tenía algo más de 20 años, tras cortar con uno de sus primeros novios. Desde entonces la situación empezó a salirse de madre hasta que terminó acostándose con casi cualquiera, de amigos íntimos a perfectos desconocidos.

Como ocurre tantas veces con los adictos al sexo, Walton terminó metiéndose en situaciones peligrosas, como aquella vez que despertó a miles de kilómetros de casa, en el hogar de un desconocido. Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía un verdadero problema. Poco después perdería su trabajo y, como también es común cuando alguien sufre un problema de esta índole, no encontró ningún consuelo en su médico de cabecera, que se limitó a recetarle medicación para la ansiedad, ya que la lista de espera para un especialista era demasiado larga.

La inversión de una gran cantidad de tiempo en buscar relaciones sexuales y la interferencia de esta conducta con otras actividades son síntomas habituales

Afortunadamente, parece ser que Walton ha encontrado la solución: su novioJames Keates, el único hombre capaz de cumplir con sus altas exigencias sexuales (que pueden rondar los 10 encuentros al día) sin juzgarla, aunque reconoce estar un poco cansado. “Al principio pensaba que me había tocado la lotería. Pero ahora que me hago un poco mayor puede ser cansado y sé que eso le pone triste”, explica. “Intento ser comprensivo”.

Cuando no puedes dejar de desear

Más allá de lo pintoresca de la historia, no hay nada divertido en la adicción sexual. Menos aún si eres una mujer, puesto que aquello que en los hombres es percibido falsamente como algo positivo se convierte en todo un tabú. Un problema aún mayor en cuanto que aún se sigue frivolizando con él y gran parte de los médicos no disponen de los conocimientos necesarios como para afrontarlos. Sin embargo, puede resultar tan incapacitante, absorbente y peligroso como las adiciones a sustancias como el alcohol o las drogas.

En la última edición del DSM-5, el manual de referencia de las enfermedades psiquiátricas, se recogen algunos de los síntomas de la adicción al sexo. Entre ellos se encuentran la falta de control sobre la conducta sexual, un comportamiento persistente con características autodestructivas, la incapacidad de reprimir dicha conducta, los cambios severos de humor relacionados con la habilidad sexual, la inversión de una cantidad de tiempo exagerada en buscar relaciones sexuales y, sobre todo, y al igual que ocurre con otras adicciones, la interferencia de esta conducta con otras actividades, tanto laborales como sociales o de ocio.

Otro testimonio refleja algunas de las características de la adicción recogidas en dicho manual. Se trata del de Erica Garza, una periodista estadounidense colaboradora habitual de medios como ‘Salon‘ que explicó en la propia publicación su experiencia. Esta comenzó muy pronto, apenas de adolescente, cuando descubrió la masturbación mientras se bañaba. A partir de ese momento, empezaría a obsesionarse cada vez más por encontrar una satisfacción sexual repetida a lo largo del día. Por ejemplo, como cuando se prometió a sí misma que solo se masturbaría después de terminar cada uno de los capítulos de ‘La isla del tesoro’ para que le diese tiempo a acabarlo. El problema es que la novela de Robert Louis Stevenson tiene 34.

Lo peor, que te sigan la corriente

Muchos se sentirán identificados con lo que cuenta la autora. Al fin y al cabo, la mayoría de sus experiencias son compartidas por muchos adolescentes, como cuando explica que se escurría a hurtadillas ante la televisión mientras sus padres dormíanpara ver un poco de porno ‘soft’ en un canal privado. O cuando esperaba a que su hermano mayor saliese de casa para meterse en su habitación y ojear las revistas de ‘fitness’ que guardaba en su armario, una costumbre que pronto amplió con otras publicaciones eróticas. “Memasturbaba todos los días, varias veces al día, hasta que estaba exhausta e irritada”.

¿Chicas con collares y correas? Sí, por favor. ¿Chicas en jaulas? Claro. ¿Chicas borrachas, casi insconscientes? Por supuesto

Algo que se agravó aún más con la llegada de internet y su inmensa oferta de pornografía a través de páginas como Pornhub, RedTube o TubeGalore, las que la autora utilizaba. Al contrario de lo que ocurre con Walton, no se veía obligada a quedar con extraños o a recorrer grandes distancias para conseguir un orgasmo. Le bastaba con encender el ordenador y hacer unos pocos clicks, una costumbre que ni siquiera abandonó cuando empezó a acostarse con hombres. La respuesta de estos era positiva: “Sorprendía a los novios con mi entusiasmo cuando se habían olvidado borrar el historial e insistía en que lo viésemos juntos”. Le gustaba vanagloriarse de su adicción y sus compañeros la aplaudía: “¡Mira qué provocadora soy! ¡Qué abierta de mente!”

Sus costumbres no solo no cambiaron, sino que fueron a peor: “Sintonizar y frotarme siempre parecía una buena idea”, cuenta. “No importa lo tarde que fuese. No importa que ya hubiese tenido dos o tres orgasmos al día. Podía estar de buen o mal humor, furiosa, triste, aburrida”. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, cada vez le costaba más encontrar satisfacción en lo que consumía, hasta que un buen día, después de ver uno de los vídeos de sexo en grupo más salvajes, se dio cuenta de que ya no sentía placer, sino culpa.

La adicción puede conducir a situaciones peligrosas, como los encuentros con desconocidos. (iStock)
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La adicción puede conducir a situaciones peligrosas, como los encuentros con desconocidos. (iStock)

De repente, tuvo una revelación: “Los vídeos que había visto compartían temas parecidos”, explicaba. “La mayor parte tenían que ver con la degradación. Muchos tenían violencia. Necesitaba cada vez más gente. Más primeros planos. Si la chica parecía triste, mejor. Si los hombres la regañaban, me encantaba. ¿Chicas con collares y correas? Sí, por favor. ¿Chicas en jaulas? Claro. ¿Chicas borrachas, casi insconscientes? Por supuesto”. Ese día, sin embargo, la cosa cambió al darse cuenta de que la única manera de sentirseexcitada era a través del trauma y del asco, incluso en sus relaciones con otros hombres. “A menudo tenía fantasías con hombres que me engañaban, que me usaban solo para descargar”.

Entonces le pasó algo parecido a lo que le ocurrió a Walton. Empezó a mantener tan solo relaciones con sus amantes. Sus celos y paranoia aumentaron. Cada vez se sentía peor. Y se daba cuenta de que debía empezar a separar el placer de la vergüenza, así que se apuntó a SLAA (Sex and Love Addicts Anonymous), una especie de Alcohólicos Anónimos para adictos al sexo, que le ayudó a olvidarse por completo del porno. ¿La moraleja? Muy sencilla: que muchas personas tienen un problema, y estamos obviándolo o directamente riéndonos de ello.

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