“Jugábamos hasta que empezaban los disparos”
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Kei Kamara exhibe una amplia sonrisa. Se muestra accesible en todo momento para los niños y los aficionados y es siempre el último en terminar de firmar autógrafos, incluso con las temperaturas bajo cero en su hogar adoptivo, Columbus (Ohio). Y esa sonrisa fue aún mayor durante un partido disputado recientemente. Kamara, uno de los favoritos para hacerse con la distinción de mejor futbolista de la MLS de 2015, máximo goleador de la liga y cuyo nombre ha sido incluido en el once estelar del torneo, admitió sentirse un poco deslumbrado.

“Podrá parecer raro, pero estar en la misma cancha que [Didier] Drogba me hizo sonreír”, explica a FIFA.com. Kamara nació en Sierra Leona, aunque lo que le conmovió no fue sólo la afinidad con otro futbolista oriundo del oeste de África. “Soy un gran hincha del Chelsea”, dice riéndose el artillero del Columbus Crew, que hasta ha puesto a su perro el nombre de Chelsea. “Allí Drogba es una leyenda”.

Y cuando sonó el pitido final, quien se quedó acariciando ya el título de la MLS no fue el legendario ex del conjunto londinense, sino Kamara, el ariete de 31 años que se inspira en el astro de Costa de Marfil, que apura ahora su carrera en Montreal. Después del partido, Drogba tuvo un gesto de afecto hacia él, y le dio consejos. “Para mí fue como una bendición”, confiesa Kamara. “Me conmovió que se parase a hablar conmigo de mi vida. Fue algo asombroso, todo un detalle”.

Tras esa charla con su ídolo, Kamara se dirigió corriendo hacia las gradas situadas detrás de la portería del estadio del Crew, donde los seguidores más apasionados del equipo esperaban a su héroe. Kamara suele ir a celebrar los goles entre el público. Entre ellos se siente en casa. Es querido y apreciado. Forma parte de una familia especial. “Hacen que me sienta muy querido”, afirma. “Lo único que quiero es devolver ese cariño”.

Un refugiado rumbo al estrellato
Su voz cambia sustancialmente cuando comienza a hablar de su otro hogar, Sierra Leona, y piensa en su infancia. Cuando era niño, el centro de Ohio era para él algo tan remoto como el planeta Marte.

Kamara nació en la localidad sierraleonesa de Kenema, y su infancia terminó entre una brutal guerra civil que se prolongó durante once años y dejó el país devastado. Presenció ejecuciones en su ciudad, en la que los rebeldes se infiltraron al principio. “Uno se levantaba por la mañana y veía cadáveres en la calle, siendo comidos por buitres”.

Su refugio fue el fútbol. Cuando paraban los disparos, Kamara y sus amigos despejaban algo de espacio por las calles y se ponían a jugar. “Le dábamos patadas a un balón viejo”, recuerda. Fue un resquicio de calidez en su juventud, a pesar de todos los horrores que tuvo que vivir. “No había ninguna liga. Ni porterías. No estaba organizado. El campo estaba donde lo poníamos nosotros. No era más que por diversión, y jugábamos hasta que se ponía el sol o empezaban los disparos”.

Pero llegó un momento en el que solamente había disparos. No quedaba espacio para el fútbol, ni para la inocente protesta que suponía el juego. Kamara y su tía se vieron obligados a abandonar su casa. Se convirtieron en refugiados. Se escondieron en el campo para evitar lo peor de los combates, y empezaron un largo trayecto por tierras marcadas por la guerra hasta la capital, Freetown. Algunos de los amigos de Kamara, con los que jugaba por la calle, se convirtieron en niños soldado, incorporándose a las filas de los rebeldes, que al menos ofrecían la esperanza de protección. Muchos murieron.

Kamara pasó dos años en un campo de refugiados de la vecina Gambia, antes de que se le concediese asilo en Estados Unidos. A los 16 años se mudó a California y se reencontró con su madre, que había emigrado años atrás.

De Kenema a California
La transición del caos a California resultó complicada para Kamara. Había faltado muchísimo a la escuela y estaba rezagado en los estudios. Pero el fútbol fue el eslabón que completó la cadena, ese pedazo de hogar que había llevado con él a lo largo de miles de kilómetros. “Llegué a un club, y fue como si me adoptasen”, señala. “Por primera vez, jugué con una equipación completa, con guardametas, en una cancha como es debido. Me permitieron expresarme y ser yo mismo”.

Su calidad era innegable. Haber tenido que sortear escombros y cráteres por las destrozadas calles de Kenema lo volvió adaptable, creativo, capaz de crear algo de la nada. Tenía hambre de goles. Brilló en las categorías universitarias y acabó consiguiendo un contrato profesional. “En cuanto llegué aquí supe que quería jugar en la MLS”, dice Kamara, que admite seguir teniendo pesadillas por lo que vio de niño. “Era mi motivación”.

No pasó mucho tiempo hasta que fue convocado por su selección nacional. Y aunque se había nacionalizado estadounidense, no dudó en aceptar la invitación de Sierra Leona en 2008. Al fin y al cabo, seguía siendo su hogar. “Volví a enamorarme del país”, apunta Kamara, que también pasó por la Premier League inglesa, con el Norwich City. “Cuando voy a jugar allí es como una reunión familiar. No pueden creerse que haya llegado a ser futbolista”.

Y el hogar es el hilo conductor que ha marcado toda la vida de Kamara. Aferrarse a él, ser expulsado de él, encontrarlo de nuevo en un rincón del Medio Oeste de Estados Unidos. En una época en la que se habla de los refugiados con inquietud, como desechos que nadie quiere, Kei Kamara se alza con los brazos abiertos ante un público rendido a sus pies. Se recrea en su hogar como una planta bajo la luz del sol. Las únicas explosiones ahora son fuegos de artificio, que iluminan el cielo por encima de él. Y no hay más disparos que los tiros con los que no deja de perforar las metas contrarias.

Cortesía de fifa.com

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