Cosas que tememos más que a la muerte
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Es la aleccionadora conclusión de una reciente encuesta a 180 pacientes con enfermedades graves: aunque la muerte nos aterra -y ser conscientes de ella nos ha moldeado como especie- hay escenarios posibles sobre nuestro futuro que nos asustan aún más.

Las afirmaciones de gente que “prefiere morirse” en lugar de estar en silla de ruedas, o que “antes se suicidaría” que tener que vivir en una residencia de ancianos, por ejemplo, se pueden tomar por exageraciones en una charla informal. Pero si preguntamos a casi doscientas personas hospitalizadas, en las que los pensamientos funestos son más comunes y temibles, y les damos tiempo para pensar en ello y ponerse en situación, los resultados son más fiables y merecen un análisis.

No sin dignidad

Eso es lo que ha hecho un estudio publicado en ‘JAMA Internal Medicine’, medio de difusión de la Asociación Médica Americana. Tras plantear diez complejas elecciones a personas con enfermedades agudas y graves, los resultados son sorprendentes. Casi todo el mundo quiere evitar la muerte, pero hay varios estados, como la demencia severa, que son más temidos.

Aunque no se puede afirmar, a la luz de los datos, que todos los pacientes con enfermedades agudas que requieren hospitalización consideren los estados de debilidad extrema como algo peor que el fin de su vida -porque hay indicios de que cuando la muerte se acerca, tendemos a decir que sí a lo que sea para evitarla- está claro que estar grave y en tratamiento no significa que se desee vivir a cualquier precio.

Los investigadores crearon un grupo de estudio eligiendo al azar a 180 personas con enfermedades graves hospitalizadas entre el 1 de julio de 2015 y el 7 de marzo de 2016 en un centro médico académico en Filadelfia, Pensilvania. Les plantearon diez situaciones sobre su salud y les pidieron que las compararan con la muerte. Estar postrados en la cama, en silla de ruedas, etc. Para cada uno de esos estados, tenían que puntuar en una escala de cinco pasos:

Aún peor que la muerteNi peor ni mejorUn poco mejor que la muerteBastante mejorMucho mejor

Todos los sujetos encuestados eran pacientes de más de 60 años con cánceres malignos y problemas cardíacos. Encontraron que más de la mitad de ellos creían que no poder controlar sus esfínteres era peor que morir. Además, también eran mayoría los que temían por encima de todo no poder levantarse de la cama, estar confuso permanentemente, tener que alimentarse a través de un tubo, o necesitar cuidados todo el tiempo.

Y esas no son las peores. Las seis cosas que, para la mayoría de los consultados, son aún peores, o más o menos igual de malas, que la muerte se distribuyen según este ranking:

No controlar la vejiga y los intestinos

Depender de una máquina para respirar

No poder salir de la cama

Estar confuso todo el tiempo

Necesitar una máquina para alimentarse

Necesitar cuidados continuos

La conclusión es evidente: quizá los hospitales deberían dejar de asumir, como dicen los autores del estudio, “implícita o explícitamente, que la muerte es un resultado a evitar frente a cualquier otra alternativa”.

 

¿A favor de la eutanasia?

¿Significa eso que los investigadores aboguen por “la vida digna” como algo siempre por encima de la supervivencia? No exactamente: hay muchos motivos para prolongar la vida incluso en estados indeseables como los citados. Sobre todo dos: los pacientes, como apuntábamos, pueden cambiar de opinión cuando ven la muerte realmente cercana; y por otro lado pueden surgir motivos para pensar que hay esperanzas de curación.

Hay otra cuestión muy importante, y es que este estudio ha preguntado a pacientes que no han experimentado directamente esas situaciones. Si encuestamos a personas que viven en situaciones de dependencia, probablemente encontraríamos a muchos que se han adaptado, y que jamás se hubieran imaginado que lo lograrían.

Otra limitación, reconocida como la anterior por los autores del estudio, viene del hecho de que se ha realizado en un sistema sanitario concreto el de EEUU, aunque las preocupaciones que describe son más que reconocibles para nosotros.

 

La buena vida

Los nuevos enfoques sobre el cometido de la ciencia médica están cuestionando cada vez más lo que debe esperarse del profesional sanitario. Investigadores en el laboratorio, especialistas, enfermeros, psicólogos… pueden estar desatendiendo el quid de la cuestión. De distintos frentes nos llegan las reflexiones que abogan por una medicina “más humana”, más allá de la farmacopea y preocupada por la alegría y el bienestar, en el más amplio sentido de la palabra, del enfermo, y no solo por datos objetivos, más fáciles de medir pero no por ello más esenciales.

De entre todos esos datos, seguramente el más importante es el ratio de supervivencia a las enfermedades. Pero una rápida conversación con cualquiera que haya vivido situaciones como las siguientes, en sí mismo o en personas cercanas, puede llenarnos de dudas.

Este es seguramente unos mayores retos a los que se enfrenta la medicina y toda la ciencia en las siguientes décadas. No conformarse con la vida y apostar, incluso en las enfermedades más graves, o aún más en estas, por la buena vida.

Cuando sabemos que hay probabilidades de morir, nuestra escala de valores cambia drásticamente. (iStock)
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Cuando sabemos que hay probabilidades de morir, nuestra escala de valores cambia drásticamente. 

 

 

Vía: msn

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