La verdad sobre Aokigahara, el bosque de los suicidios japonés
Califica esta publicación

El pasado viernes se estrenó ‘El bosque de los suicidios’, la película de terror dirigida por Jason Zada y protagonizada por Natalie Dormer –a quien muchos recordarán por su papel de Margaery Tyrell en ‘Juego de tronos’– que explota el viejo mito del bosque de Aokigahara. En ella, Sara (Dormer) se penetra en la arboleda del paisaje nipón en busca de su hermana desaparecida, a pesar de las advertencias sobre su carácter sobrenatural, y allí se encontrará (¡sorpresa!) con un buen puñado de almas en pena.

¿Cuánto hay de cierto y cuánto de leyenda en el supuesto carácter fantasmal del bosque? Como suele ocurrir con esa clase de lugares, los mitos terminan convirtiéndose en realidad a medida que el pasa el tiempo, como si se tratase de una profecía autocumplida en la que, además, la cultura popular juega un papel clave. Hay pocas dudas de que, hoy en día, se ha convertido en el lugar preferido de los suicidas japoneses para poner fin a sus vidas, un dudoso honor que le convierte en el tercer sitio donde más personas ponen término a su existencia después del Golden Gate en San Francisco y el puente sobre el Yangtze de Nanjing, en China.

El origen de la leyenda arranca en algún momento de la antigüedad. El Aokigahara se encuentra en la ladera noroeste del monte Fuji, considerado sagrado desde hace milenios. Los nipones consideraban el monte una entrada a los cielos, como si se tratase del ombligo del cuerpo humano que sería el centro de la Tierra. El bosque se formó bastante después, sobre la lava expulsada por el Fuji entre los años 800 y 1083, en unos 35 kilómetros cuadrados. Muchos consideraban que se trataba de un purgatorio para yureis y yokais, los fantasmas de los que perdieron la vida de manera trágica y que, supuestamente, evitan que los que se adentran en el bosque salgan, como le ocurre a Sara en la película.

Espíritus malignos y pobres suicidas

Como cuentan los visitantes, hay un ambiente casi sobrenatural en el bosque Aokigahara. Su fauna y flora contribuyen al efecto de extrañamiento que experimentan sus visitantes. Apenas hay ruidos en él, debido, sobre todo, a la escasez de animales. Además, la vegetación es tan tupida que impide que el viento sople, lo que contribuye a una peculiar sensación de quietud. Orográficamente, resulta bastante llamativo: además de un gran lago, hay grandes cuevas heladas. Además, no es tan extraño que el viajero perdido se tope con restos humanos en el bosque, y hay algunas páginas web donde pueden verse escalofriantes ejemplos. Debido a los yacimientos de hierro magnético que hay bajo el bosque, es común que las brújulas dejen de funcionar.

La media aproximada de suicidios hasta 1988 era de 30 al año, pero en 2002 la cifra había aumentado hasta los 78 y, en 2003, hasta 100

Mitología aparte, el Aokigahara comenzó a granjearse su fama durante el siglo XIX, cuando las hambrunas provocaron que muchos padres abandonasen a niños y ancianos en el bosque. No obstante, la fascinación moderna por el bosque se remonta a 1960, cuando Seicho Matsumoto publicó una de sus novelas más célebres, ‘Nami no Tou’, en la que sus protagonistas acababan con sus vidas en el bosque, cual Romeo y Julieta japoneses. Sin pretenderlo, generó un efecto llamada que provocó que muchas personas se desplazasen hasta el bosque para acabar son sus vidas, aunque ya hacía tiempo que Aokigahara se había convertido en el lugar preferido por los suicidas. Suele citarse la cifra de 500 para hablar del número de cadáveres que se han encontrado en el bosque, aunque su amplitud y frondosidad puede ocultar muchos más. En algunas zonas, es tan tupido que resulta imposible ver incluso a mediodía.

Otros datos, no obstante, son mucho mayores. La media aproximada de sucidios hasta 1988 era de 30 al año, pero en 2002 la cifra había aumentado hasta los 78 y, en 2003, hasta 100. Según un reportaje publicado en ‘The Japan Times‘, en el año 2012 más de 200 personas habían intentado acabar con sus vidas entre la vegetación, de los cuales 54 habían tenido éxito. La mayoría de ellos, a través de una sobredosis de drogas. Desde entonces, el gobierno ha dejado de ofrecer números para evitar la imitación. No hay que olvidar que Japón es uno de los países donde más suicidios se producen: en 2013, aproximadamente, 27.300.

El bosque de Aokigahara. (CC/ajari)
  • Facebook
  • Twitter
  • Google+
El bosque de Aokigahara. (CC/ajari)

El reportero de ‘The Japan Times’ fue uno de los “privilegiados” que se encontraron con un cadáver durante su paseo por el bosque, después de oír un grito. “En un pequeño agujero, debajo de un árbol, y acurrucado como un niño en un lecho de hojas, yace un hombre, su pelo gris en receso apelmazado en su cráneo”, describía. “Su pálido torso no está cubierto por una camisa, mientras que sus piernas están tapadas únicamente por unos pantalones negros”. A su alrededor, explica, una maleta y un montón de papeles, así como pastillas, latas de cerveza y otras bebidas alcohólicas. “Al parecer, este hombre de cincuenta y tantos había expirado su último aliento mucho antes de que escuchase ese estremecedor grito sin origen”.

¿Truco o trato?

Cuando uno empieza a internarse en el bosque, lo primero que se encuentra son carteles con mensajes que quizá contribuyan a su objetivo, pero que también causan cierto desasosiego. En ellos se insta a los potenciales suicidas a recapacitar antes de acabar con sus vidas, a pedir ayuda a la policía o a pensar en sus familiares. A medida que se avanza, es posible encontrar grandes cantidades de desperdicios humanos y cinta adhesiva utilizada por los turistas para evitar perderse (y no volver jamás a la civilización). Sin embargo, en las profundidades, apenas hay rastros del ser humano… salvo el ocasional cadáver en descomposición, claro está.

Son célebres las imágenes de coches que pasan días y días en el aparcamiento hasta que los guardas se dan cuenta de que sus dueños jamás volverán

Los testimonios de los viajeros sugieren que el lugar tiene algo especial, pero esto no tiene por qué ser desasosegante. Como la propia Dormer ha explicado a ‘Pop Sugar‘ en una entrevista promocional de la película, se trata de un lugar “bello”: “El cielo es azul, los pájaros cantan, hay familias caminando por los caminos”, explica. “Simplemente no puedes olvidarte de los carteles que animan a la gente a no hacerse daño, a pensar en sus familias o sus padres y llamar a ese número de teléfono. De vez en cuando se ve un trozo de soga en un árbol”. ¿Algo sobrenatural? “No, tan sólo una profunda tristeza”. Dormer señala que, como ocurre con tantos turistas, cuando quiso salir unos metros del camino para hacer una fotografía, el guía le paró. “Es una manera de mostrar un profundo respeto y superstición ligados con este sitio, esta cultura”.

En la iconografía relacionada con el Aokigahara son célebres las imágenes de coches que pasan días y días en el aparcamiento hasta que los guardas se dan cuenta de que sus dueños jamás volverán. En los últimos años, también son tristemente célebres los saqueadores que se quedan con las joyas de los suicidas del “mar de bosques” . Las áreas vecinas también han sido afectadas. Como explicaba un bombero llamado Masamichi Watanabe en el reportaje de ‘The Japan Times’, “hay gente que viene para acabar con sus vidas en Aokigahara pero, al no saber exactamente dónde está el bosque, se matan en los bosques cercanos”. La leyenda no dejará de crecer –a la película de Dormer hay que añadir ‘The Sea of Trees’, la última de Gus Van Sant–; ¿también el número de suicidios?

Cortesía de elconfidencial.com

Déjanos un comentario