La triste historia del hombre que murió de hipo
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«Mi vecino de Italia era un señor amable, sencillo, de pocas palabras pero las justas, que te saludaba (buon giorno) con su voz de tenor y las manos cruzadas a la espalda. Su presencia era necesaria y no solo porque se ocupase de todo, de que la calefacción funcionase, de que el ascensor estuviera en óptimas condiciones. Su presencia era necesaria porque él era imprescindible, una de esas personas buenas que, sin ser invasivo ni simpático, te hacía sentir bien, se hacía querer por todos y te era necesario. Una tarde, después de la playa, se presentó en casa la hija del, llamémosle, señor Mora. Sin atisbo de miedo pero sí algo inquieta, me venía a comentar algo que le pasaba a su padre con frecuencia e intensidad creciente y hoy de manera molesta. Su padre tenía hipo. Por mi insistente consejo acudieron al médico, en lugar de tomar remedios de parafarmacia, y éste a su vez, después de la segunda visita (el hipo volvía), le solicitó una ecografía. Tras semanas de demora, la ecografía no aportó ningún dato destacable. Y aquí comienza el peregrinar de nuestro señor Mora, de médico en médico, de urgencias en urgencias, porque el hipo no se iba. Después de meses, un TAC informó de la presencia de un pequeño bultito en la cabeza del páncreas y, esta vez sí con celeridad, se le intervino por vía endoscópica para resecar un ampuloma (un turmo). Biopsia extraviada, más demora, resultado final, maligno, hay que operar de nuevo al señor Mora, solo que el señor Mora a esas alturas ya no estaba, porque falleció, con su hipo terrible que lo acompañó hasta el final.Me pregunto si en nuestro país no puede pasar que síntomas menores o en apariencia banales tarden en ser destacados por los clínicos como signos de alerta. Me pregunto si una puebra de imagen inicialmente negativa no disuade también en nuestro entorno de hacer otros estudios y sirve para tranquilizar y tranquilizarnos sin más, con ominoso resultado. Me pregunto, en fin, si no puede suceder también entre nosotros que demoras injustificadas hagan imposible dar una alternativa a nuestros pacientes».

Es este un capítulo del libro «Un lugar en el mundo» (Ediciones 2010), de Juan Martínez Hernández, médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública y director de la Fundación para la Formación de la Organización Médica Colegial (OMC).

La presentación del libro tuvo lugar en el Hospital Universitario de La Princesa y a Martínez lo acompañó Julio Ancoechea, jefe del Servicio de Neumología del Hospital, el doctor Alberto Infante y el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Jesús Sánchez Martos.

Se trata de un libro compuesto por varios capítulos, cargados de poesía, inusual si pensamos en que está escrito por un médico. Pero aparte de la buena pluma y de las anécdotas, casos clínicos y una largo etcétera que componen este versátil libro, no falta (de hecho, se vuelve imprescindible) la fuerte carga crítica contra algunas injusticias o mal hacer del sector sanitario español, como, a su juicio, el intento de la Comunidad de Madrid de privatizar hospitales en 2013, del intrusismo de este ámbito, lo que el llama «indocumentados mediáticos», o la crítica al cierre del Hospital Carlos III, justo antes del primer caso de ébola que, como el propio autor cuenta, le costó una «severa reprimenda por “deslealtad”».

Se trata del octavo libro de Martínez y con este, tal como ha hecho con el resto, consigue lo que en principio parece simple, pero que a fin de cuentas es un desafío para todo escritor (y también para los periodistas): contar algo que interese. En este caso, pone los puntos sobre las íes en lo (mucho) que le queda por mejorar a la sanidad española.

Cortesía de abc.com

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